Detrás de la frustración de muchos padres ante el desinterés de sus hijos por la lectura, lo que suele ocurrir es que a esos padres les cuesta elegir libros para niños. Cuando alguien dice que su hijo no se interesa por la lectura, a veces lo que quiere decir es que el niño no se entusiasmó con La isla del tesoro o con Platero y yo. Y después de probar con unos cuantos clásicos, con los libros protagonizados por los personajes de la tele o con los libros que él disfrutó de pequeño, llega a la fatalista conclusión de que su retoño nunca será un buen lector.

Ante esta situación, siempre indago un poco sobre qué tipos de lecturas ofrecen esos padres y por lo general obtengo dos tipos de respuesta: «De todo, hasta le dejé elegir los libros.» O bien: «He probado con todos los clásicos de la literatura infantil.»

Sobre la primera, ya dedicamos un post a lo desaconsejable de dejar que los niños elijan sus propias lecturas. Y sobre lo segundo, no voy a profundizar aquí sobre qué es o no un clásico, pero está claro que si una obra se ha ganado el adjetivo de «clásico» es porque el tiempo lo ha demostrado. Pero concluir que a un niño no le gusta leer porque no le gustan los clásicos es como asumir que no le gusta comer porque no le gusta la verdura, por más nutritiva que sea.

Precisamente, una de las preocupaciones más grandes como padres de niños pequeños es la alimentación. Por eso los expertos han desarrollado muchas herramientas para ayudarnos a la hora de seleccionar lo que les damos de comer. Uno de estos recursos es la famosa -y cuestionada y actualizada- pirámide de la alimentación. Lo que se encuentra en la base de la pirámide debe estar siempre presente en lo que ofrecemos al niño para comer. Lo que está en la parte superior corresponde a aquello con poco valor nutricional, que conviene reservar solo para contadas ocasiones.

¿Por qué no entonces elaborar una pirámide de la lectura que nos facilite la tarea de elegir libros para niños? Aun siendo tan cuestionable como la nutricional, creo que puede servir como recordatorio de lo que debe estar en la base una buena dieta lectora, así como de aquellos otros textos que se pueden consumir de vez en cuando y que a veces olvidamos. Cuando comes demasiado de un alimento, puedes acabar por aborrecerlo. Y de la misma manera, cuando las posibilidades de lectura que ofrecemos no son muy variadas, leer puede resultar poco estimulante.

A diferencia de la pirámide alimentaria, esta de la lectura no busca tanto restringir ciertos productos sino ampliar la variedad de lo que ponemos en la mesa del pequeño lector. Las dietas, tanto las alimentarias como las lectoras, deben ser variadas, porque solo así cubren todas nuestras necesidades nutricionales e intelectuales. Leemos para evadirnos, aprender, divertirnos, desahogarnos. Los más pequeños también.

Muchas veces, detrás de la apatía de algunos niños por la lectura, hay una oferta de textos muy escasa y pobre. No todo puede ser clásicos, ni todo cómics, ni todo libros de divulgación científica.

Afortunadamente, hay ahora una excelente oferta en las librerías, tan variada incluso, que si no se tienen las ideas claras elegir libros para niños puede hacerse más difícil aún. Además de los clásicos infantiles y juveniles, en muchas versiones, existen excelentes novelas gráficas, biografías, libros de referencia sobre los temas más diversos.

¿Con qué tema está tu hijo apasionado, casi obsesionado? Seguro que hay un libro sobre eso. ¿Le gusta cocinar, porque le encanta mirar MasterChef? Hay unos libros de cocina para niños maravillosos. Invítalo a cocinar juntos y que sea él quien vaya leyendo la receta. ¿Se ha enganchado a una serie? Probablemente se haya publicado el cómic. ¿Estáis por viajar? Hay guías de viaje especiales para niños muy buenas.

¿Qué leer eso no es leer? ¡Claro que lo es! Quizás viendo cuánto disfruta de estas lecturas, relacione la lectura con el placer, y esta es la clave. Poco a poco, podrás ampliarle las propuestas de lectura y comience a leer libros cada vez más distintos, incluso clásicos. Pero si tanto insistes con Tom Sawyer y El libro de la selva –así como con la verdura-, acabará creyendo que la lectura -y la comida- no son lo suyo. Probablemente la principal motivación para leer es nuestra necesidad de buenas historias, por eso están en la base de la pirámide. Pero las buenas historias no están solo en las novelas y los cuentos clásicos.

Si estas reflexiones te han inspirado o sido útiles, compártelas con quien creas que también lo encontrará interesante. Si necesitas que te ayude para animar a tu hijo a la lectura, no dejes de contactarme aquí.

 

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